Yo no sé cómo empecé, pero sí que recuerdo la primera vez que me vi con los
dedos pringosos de masa de pan antes de enharinarla, renegando por qué me había
metido en la ventura de hacer pan. De
hecho pasaron unos cuantos años hasta que volví a intentarlo.
Esta mañana me he puesto temprano
a preparar la masa con levadura madre y la quiero dejar que suba bien para que
quede la miga esponjosa, y si termino pronto voy a hacer unos bollos de leche,
para que los tengan calientes en el desayuno.
Amasar pan como quien amasa la
Vida, mientras la aplasto con mis manos desnudas, y medito sobre cómo la existencia también se va adaptando a
lo que la vayamos añadiendo, refrescándola con más harina o más agua. Cómo la
vida nos amasa a su vez a nosotros, con descubrimientos, llegadas, sorpresas,
partidas, sueños y sueños rotos que quedaran
olvidados en el fondo de la mesilla, dentro de una caja amarilla.

Son estos momentos tan
tranquilos, la casa entera duerme, solo se escuchan los pájaros, cuando pienso
en todo lo que me inquieta. Por eso me gusta preparar pan a estas horas, para
poder sentir lo que la masa me cuenta,
hablándome de las preocupaciones de Teo para sacar el taller adelante, que si
Julia sigue teniendo celos de Juanito…, incluso averiguo cosas del pueblo que
nadie me había contado nunca.
También refrescando con agua o harina según siento la
masa en mis dedos, vienen a mí la gente
que se ha ido; parece que tengo al lado
la respiración de mi madre, con su voz ahogada
cuando hablaba de papá, escucho otra vez sus consejos, la veo con sus
ojos acuosos de amor y una sonrisa siempre en su pensamiento. A la tía Aurora
se la oye refunfuñar por los niños en la huerta y a mi padre, que le encantaba
el olor a pan recién hecho, hacer ruido con el martillo en el establo, siempre
estaba arreglando algo una vez jubilado. Mientras amaso tengo cerca sus
recuerdos, todos los momentos felices, y eso me hace sentir bien.
Y doy otro repaso a qué será de
nuestra vida si el taller sigue sin clientes, no sé cómo nos las apañaremos, no
dejo de preocuparme aunque a Teo le animo constantemente y le digo:
- “Es bueno tener un plan B. Siempre
podemos cambiar el taller de coches, por uno de bicis y yo podría montar un
horno de pan y hacer madalenas y bollos. Creo que no nos debemos sentir
fracasados, sino que tendremos una nueva
oportunidad para volver a intentarlo”.
Ya está la masa, para que suba la
tapo con un paño y a esperar que crezca. Ahora preparo la de los bollos de
leche, pero antes pongo el horno a calentar.
En este momento siempre recuerdo
que mi madre me decía:
“Hija, igual que la masa de pan
crece y en el horno se cuece, nosotros ante lo que acontece vamos aprendiendo y
creciéndonos.”
Ángeles Trouillhet
Febrero 2013